
No es novedad que en las últimas décadas la agricultura tradicional chilena ha sufrido profundos cambios estructurales. Entre ellos destaca la disminución de superficie sembrada de cultivos como el trigo, la avena o el raps. Factores como baja rentabilidad, aumento sostenido de costos, competencia internacional, y otros, han llevado a algunos productores a reducir o dejar estas siembras de lado.
Ante estas circunstancias, algunas organizaciones del mundo rural y político han puesto en la palestra la discusión sobre los contratos agrícolas. Una herramienta que podría generar estabilidad y reducir la incertidumbre del mercado, sin embargo la realidad es más compleja y la práctica demuestra que no todo lo firmado es justicia o equilibrio.
Un contrato agrícola es un mecanismo para conectar al productor (agricultor) con el comprador (agroindustria), en donde se establecen de antemano condiciones de producción, precio, plazos, volúmenes,etc. El modelo permite al agricultor asegurar la venta de su cosecha y planificar la inversión, mientras el comprador asegura el abastecimiento de la materia prima con los estándares que necesita.
Sin embargo, para algunos agricultores los contratos se han transformado en un arma de doble filo: cláusulas redactadas unilateralmente por pocas y grandes empresas, precios arbitrarios y estándares de calidad difíciles de cumplir, mientras el productor asume el riesgo, el capital y las pérdidas. Esto deja al productor en desventaja, atado a un documento que protege más al comprador que al trabajador de la tierra, perpetuando la desigualdad del sistema.
Por otra parte, la agricultura por contrato puede ser una valiosa herramienta si se entiende como una sociedad y no como una subordinación. Permite el acceso a financiamiento, asesoría, mercados más estables y sobre todo certidumbre. Si los contratos se establecen en conjunto con transparencia, libertad y equidad, éstos sí pueden ser una herramienta de desarrollo. Creo que los contratos deben ser un puente hacia la sostenibilidad y no una cadena que limite la libertad del productor. El futuro del campo no depende solo de la tierra y el clima, sino de la capacidad de construir relaciones comerciales justas. Que los contratos agrícolas sean, verdaderamente, una oportunidad compartida y no una trampa disfrazada de progreso.
Columna diario Austral de valdivia, domingo 2 de noviembre de 2025

